Pascal Michon

¿Disciplina, Control o Ritmo?

Article publié le 14 April 2019

Pour citer cet article : Pascal Michon , « ¿Disciplina, Control o Ritmo?  », Rhuthmos, 14 April 2019 [en ligne]. http://rhuthmos.eu/spip.php?article2278
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Agradezco sinceramente a Aníbal Zorrilla por su traducción al español – PM.


Abstract: En Pourparlers, a principios de la década de 1990, Deleuze planteó la idea de que las sociedades contemporáneas no son, como las sociedades del siglo XIX y comienzos del siglo XX analizadas por Foucault, “sociedades disciplinarias”, sino “sociedades de control” que no funcionan “por confinamiento, sino por control continuo y comunicación instantánea”. 25 años más tarde, la especificidad política del mundo que ahora hemos ingresado parece ser el resultado de un principio bastante diferente: el poder se ejerce cada vez más bajo formas rítmicas. Como lo anunció Roland Barthes en sus primeras conferencias en el Collège de France: “Existe un vínculo consustancial entre el poder y el ritmo. Lo que el poder dominante impone es ritmo (de todas las cosas: vida, tiempo, pensamiento, habla)”.

 Disciplina y control

En Pourparlers, (hay edición castellana, DELEUZE, Gilles; PARNET, Claire. 1990. Conversaciones. 1972-1990. Pre-textos, Valencia; ARCIS), a principios de la década de 1990, Deleuze planteó la idea de que las sociedades contemporáneas no son, como las sociedades del siglo XIX y comienzos del siglo XX analizadas por Foucault, “sociedades disciplinarias”, sino ’”sociedades de control” que no funcionan “por confinamiento, sino por control continuo y comunicación instantánea”.


Deleuze señala un fenómeno clave en el nuevo mundo: claramente, algo ha cambiado en los últimos treinta años en la forma en que se ha ejercido el poder. En las nuevas organizaciones sociales en las que vivimos, las disciplinas no son decisivas. Uno incluso a menudo siente que se han evaporado y dejado de apoyar la individuación por sus ritmos métricos. Además de la prisión, cuya superficie se expande constantemente, todas las instituciones analizadas por Foucault (escuelas, hospitales, cuarteles, fábricas), pero también las instituciones que no estudió, como la familia o la pareja, se han transformado profundamente al abandonar las prácticas tradicionales de sometimiento, reduciendo las jerarquías y configurándose como “medio abierto”. Sin embargo, es cierto que la vigilancia es un aspecto importante del neocapitalismo. Por ejemplo, la mayor flexibilidad en las empresas a menudo se combina con un fortalecimiento del control laboral.


Al mismo tiempo, el diagnóstico deleuziano permanece confuso. Simplifica incorrectamente la complejidad del mundo disciplinario. Es como si el control hubiera triunfado sobre la disciplina. Pero el control fue omnipresente ya en el siglo XIX bajo la forma de la vigilancia, y formó el trasfondo “panóptico” sin el cual las instituciones disciplinarias no hubieran funcionado. Lejos de oponerse entre sí, la disciplina y el control siempre han trabajado juntos durante la era del capitalismo industrial.


Además, el diagnóstico deleuziano sobre el nuevo mundo pierde una gran parte de lo que le dio potencia al análisis foucaultiano del antiguo. Es como si, en la narración propuesta por Deleuze, el conjunto disciplina-vigilancia hubiera sufrido el desvanecimiento de su primer término y éste desapareciera, dejando todo el espacio social bajo control del segundo. En realidad esta caracterización resulta superficial respecto a las sociedades contemporáneas, no solo porque no dice nada de los avances y peligros de la fluidez identificados hace tiempo por Tarde o Simmel, sino porque a diferencia del aparato identificado por Foucault, la vigilancia sola no constituye, por sí misma, una técnica de producción de individuos singulares y colectivos. La idea de que los individuos contemporáneos ya no son disciplinados sino que solo están controlados no explica en nada la forma en que se producen. La noción de “sociedad de control” nos deja sin medios para comprender lo que está sucediendo hoy.


En lo que a mí respecta, partiré de una hipótesis bastante diferente. Lo que hace al nuevo mundo políticamente original yace en esto: el poder se ejerce cada vez más en formas rítmicas. No solo el poder es un medio, como dirían Deleuze y Foucault, sino que también es un medio rítmico. En su primer curso en el Collège de France, Roland Barthes dijo una vez: “Existe un vínculo consustancial entre el poder y el ritmo. Lo que el poder principalmente impone es ritmo (de todas las cosas: vida, tiempo, pensamiento, habla)”.

 Ritmos de la individuación

El capitalismo flexible-reticular elude la mayoría de las investigaciones convencionales desarrolladas durante el siglo XX en las ciencias sociales y la filosofía política, ya sea que movilicen métodos individualistas o, a la inversa, enfoques sistémicos o funcionalistas. Todas estas formas de pensar ahora son inoperantes porque, en el mundo nacido a fines de la década de 1990, los individuos, así como los sistemas, han sido cuestionados por la dinámica disolutiva del neocapitalismo.


Pero este mundo no es abordable a través de un análisis en términos moleculares o en términos de multitudes porque los modos de individuación que prevalecen siempre estarán caracterizados por una cierta individuación que es posible describir.


En general, para comprender y criticar el mundo de hoy, ya no debemos partir de los individuos singulares o colectivos para luego tratar de comprender cómo interactúan, sino que debemos hacer lo opuesto. Primero debemos describir el proceso de individuación en los diversos niveles de cuerpo, idioma y grupos sociales, para luego poder juzgar las formas de vida que se producen y particularmente las divisiones y jerarquías que implican. A medida que estos procesos se desarrollan con el tiempo, en última instancia son esas “formas de desarrollarse” las que explican las cualidades y defectos de las múltiples formas de individuación que observamos.


Podemos llamar a estas “formas de desarrollarse” rhuthmoi. En un artículo famoso, Benveniste explica que la palabra rhuthmos generalmente se usaba en la Antigua Grecia para significar la forma de algo que está en movimiento que se observa en un momento dado. Pero también notó que este término se basaba en el radical rhein, que significa fluir, y en el sufijo –thmos que indica una forma o modo. Etimológicamente, por lo tanto, rhuthmos significaba “modo de fluir” (manière de fluer) o “modalidad de realización” (modalité d’un accomplissement). Sólo con Platón, Aristóteles y Aristóxenes el ritmo llegó a significar una sucesión de tiempos fuertes y débiles organizados según un orden numérico. Si regresamos antes de Platón, por ejemplo a los presocráticos, encontramos un concepto que puede servirnos nuevamente hoy para captar el mundo fluido en el que hemos entrado.


En este mundo los individuos no tienen estabilidad ni identidad consistente; su ser es un devenir perpetuo. Al mismo tiempo, su identidad no se disuelve completamente en el flujo del tiempo. El “principio psíquico” al cual atribuimos persistencia, ya sea que esos individuos sean vistos a través de su aspecto “singular” o su aspecto “colectivo”, es producido por técnicas que buscan dar ritmos (o mejor rhuthmoi) a los “flujos” de cuerpos y lenguaje, ritmos que a su vez están marcados por cambios específicos en los grupos sociales. Este “principio psíquico” es fundamentalmente fluido: siempre está en movimiento y transformación. Es el producto de procesos de cambio que ellos mismos están cambiando. Pero también notamos que estas mutaciones no son completamente erráticas. Ocurren de maneras relativamente constantes en un tiempo o grupo dado, y son, en cualquier caso, descriptibles. Entonces, lo que estamos viendo, cuando observamos a un individuo singular o colectivo, es menos un flujo simple que un conjunto de ritmos articulados o mejor un ritmo de ritmos (siempre en el sentido no binario definido anteriormente).


De modo que Deleuze tiene razón cuando señala la desaparición de las disciplinas, al menos en los países más desarrollados porque, a nivel mundial, obviamente continúan existiendo. También tiene razón al enfatizar la persistencia o incluso el aumento en la vigilancia. Pero esto no implica que nuestras sociedades sean reducibles a simples “sociedades de control”. Su crítica del mundo contemporáneo es demasiado limitada y carece de un análisis de sus diversos modos de individuación.


Deberíamos ir más allá de sus hallazgos iniciales repitiendo a las sociedades en las que vivimos la pregunta formulada por Foucault a las sociedades pasadas que estudió: ¿cómo y por qué técnicas se producen individuos singulares y colectivos? ¿Qué nos dice esto sobre las nuevas formas de ejercer el poder y la dominación? Esas son las preguntas que voy a tratar de responder, mediante el análisis de la transformación de las técnicas de producción de individuos singulares y colectivos durante la transición del “capitalismo disciplinario” del pasado al “capitalismo flexible y mediático”, soporte principal del nuevo mundo.

 Los ritmos de la individuación en el capitalismo flexible

Como resultado del debilitamiento de las sociedades burocráticas, autoritarias y métricas que se habían renovado después de la Segunda Guerra Mundial, de una muy antigua oposición obrera, de desafíos socioculturales durante las décadas de 1960 y 1970, del surgimiento en los años 80 de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, y en última instancia, desde comienzos de los 90, de la globalización de las economías nacionales, el capitalismo ha introducido, en las últimas dos décadas del siglo XX, al menos en los países desarrollados, un nuevo ciclo, descartando procesos de individuación y viejas disciplinas en los países emergentes del sur.


En un ensayo muy sugerente, The Corrosion of Character, The Personal Consequences of Work in the New Capitalism (La Corrosión de la Personalidad, las Consecuencias Personales del Trabajo en el Nuevo Capitalismo, Anagrama, 2006, Barcelona), Richard Sennett mostró, a finales de la década de 1990, los principales efectos de esta mutación.


Desjerarquización, trabajo en equipo y subyugación


Frente a una fuerza de trabajo cada vez más reacia, que no aceptaría más el autoritarismo ni el taylorismo métrico, las compañías comenzaron a reducir el tamaño de su pirámide burocrática, eliminando una serie de niveles de mando. Simultáneamente, abandonaron la especialización individual y pasaron al trabajo en equipo en tareas complejas y grandes. Esta doble transformación permitió el establecimiento de organizaciones más planas, consistentes en redes conectadas por comunicación constante y flujos sincrónicos.


Esta reestructuración tuvo un impacto significativo en el trabajo, que fue liberado del autoritarismo jerárquico, del estrecho control de supervisores subalternos, de la métrica de las tareas especializadas y repetitivas. Sin embargo, al mismo tiempo, surgieron nuevas formas de vigilancia y poder, formas que no eran menos pesadas e intrusivas que las anteriores, mientras que surgían nuevos tipos de aburrimiento y fatiga.


Con las nuevas herramientas de gestión de TI, ahora es posible para la administración de una empresa estar informado en tiempo real sobre la productividad de cada equipo e incluso de cada persona. Como el jefe de la película Tiempos Modernos de Chaplin, tiene una visión completa de la empresa y puede inspeccionar de manera simultánea y precisa a todos sus empleados.


Pero esta vigilancia externa generalizada sigue siendo un medio de dominación relativamente tradicional. Contrariamente a lo que dice Deleuze, es solo la expresión contemporánea, posibilitada por las nuevas tecnologías, de una tendencia panóptica específica del capitalismo industrial, como lo demostró claramente Foucault. La novedad de las formas de ejercer el poder en el neocapitalismo está en otra parte: en las nuevas técnicas de individuación.


El desjerarquización y el trabajo en equipo hacen que ahora sea posible obtener la obediencia de los trabajadores a un costo menor y con mucho menos esfuerzo que antes. Los que están al mando solo necesitan apegarse a una regla doble: primero, determine los objetivos de producción o ganancia, que están vinculados a diferentes unidades de la red, por lo que son completamente imposibles de alcanzar; en segundo lugar, simplemente responsabilice a estas unidades, permítales organizarse por su cuenta y niéguese a imaginar cualquier sistema que les permita implementar las órdenes.


Un sistema de este tipo evita cualquier intervención autoritaria y obtiene una docilidad mucho mayor en comparación con los viejos métodos panópticos y disciplinarios. A medida que son presionados para producir o ganar más de lo que es posible según su capacidad inmediata, ya que también son responsables colectivamente de la finalización de la tarea encomendada, los miembros del equipo son impulsados a supervisarse unos a otros, a presionar a los holgazanes, a quienes estén enfermos, y a todos aquellos que, por una razón u otra, podrían reducir la productividad colectiva. En esta nueva organización del trabajo, una cabeza muy pequeña ha llegado a ser capaz de dirigir un gran cuerpo casi sin intermediarios, mientras que hace prácticamente imposible cualquier acción sindical o incluso la aparición de un espíritu de solidaridad.


Al mismo tiempo que su reestructuración, las empresas han tratado de reemplazar las tareas fragmentadas por tareas extendidas, a menudo llevadas a cabo en equipo. Nadie lamenta ciertamente lo primero, pero lo último no es menos desalentador.


En cuanto al trabajo de ejecución, mientras que las tareas repetitivas dejaban el espíritu relativamente libre, las nuevas tareas ampliadas requieren una concentración más alta y constante. Una fatiga psíquica, igual de intensa, ha reemplazado la fatiga física del pasado. Además, como ya demostró Georges Friedmann en la década de 1950, contrariamente a lo que proclamaban en voz alta los Profetas Menores de la “automatización”, la supresión de los modos de producción rutinarios y la introducción de máquinas inteligentes, que “solo” deben controlarse, no liberaron a los trabajadores. Simplemente hicieron más fluidos los movimientos de material trabajado, mano de obra y mercancía. Pero esta fluidez hizo que las personas a las que se les pidió que administraran estos flujos se comprometieran cada vez menos con su trabajo. Para los cientos de millones que han sido sometidos a estos nuevos modos de producción, el trabajo que están haciendo no tiene sentido y sigue siendo tan irracional como antes.


En cuanto al trabajo de diseño o el trabajo en el que el diseño y la ejecución se superponen, ya que implica una alta rotación de colaboradores, el trabajo en equipo conduce a los individuos a un mínimo compromiso y superficialidad. Por lo tanto, ya no pueden establecer vínculos de confianza y compromiso mutuo en los que puedan confiar en caso de dificultad o conflicto.


Entonces, lejos de promover una individuación individual y colectiva fuerte, los ritmos laxos y no métricos, que hoy en día organizan el trabajo, tienen consecuencias extremadamente negativas: por un lado, inducen falta de compromiso, cansancio y, en última instancia, aburrimiento, que no son menos profundos que en el pasado; por el otro, permiten una atomización y una subyugación del trabajo más intensas, a la vez que posibilitan el fortalecimiento del poder de una pequeña minoría, un poder tanto más formidable que rara vez expone su verdadera naturaleza y muestra continuamente su antiautoritarismo.


Flexibilidad y sometimiento


El segundo aspecto de los cambios recientes en los ritmos laborales es la introducción de una mayor flexibilidad de los agentes económicos, flexibilidad cuyo objetivo principal es hacerlos más receptivos a las fluctuaciones del mercado, los cambios en la moda y la demanda del consumidor. Ayudado por el desarrollo de herramientas de gestión computarizadas, el nuevo capitalismo ha transformado completamente la organización del tiempo de trabajo. En lugar de presentar una sucesión regular de intervalos de tiempo ocupados por equipos cuya composición cambia poco, como en los famosos “tres turnos”, la jornada laboral ahora consiste en un mosaico complejo y cambiante en el que a los empleados se les asignan horarios diferentes y personalizados.


De nuevo, a primera vista, las ganancias parecen significativas en comparación con los ritmos de trabajo en el capitalismo industrial del pasado. Este mosaico está a kilómetros de distancia de la monótona organización de trabajo en las fábricas y oficinas taylorizadas, que eran normales en el período anterior. Uno tiene la impresión de una verdadera liberación del tiempo de trabajo y de una realmente beneficiosa ofensiva contra la rutina.


Pero si miramos más de cerca, la imagen es bastante diferente. En primer lugar, el otorgamiento del horario flexible se utiliza a menudo como una forma de presionar a la fuerza de trabajo. Las horas flexibles son menos un derecho que un beneficio otorgado a ciertos empleados privilegiados, una recompensa desigualmente distribuida y estrictamente racionada.


Además, el horario flexible se acompaña la mayor parte del tiempo mediante la intensificación de la vigilancia. El ejemplo de outwork, es decir, trabajar desde casa, que está a la vanguardia de la demanda de flexibilidad, es indicativo de un mayor control. Las empresas que acuerdan dejar que sus empleados se organicen libremente siempre que la tarea se complete a tiempo son en realidad muy raras. La mayoría simplemente les permite elegir dónde van a trabajar, pero continúa imponiendo los ritmos según los cuales se debe realizar el trabajo. Como los empleadores temen que los empleados intenten abusar de su libertad, una multitud de controles regula su trabajo real cuando no están en la oficina: a veces se les exige que informen regularmente, por teléfono o por Internet; a veces, estos medios se usan para monitorearlos a distancia y para espiar sus correos electrónicos.


Contrariamente a lo que uno podría pensar, la flexibilidad hace poco para mejorar las posibilidades de lo que Barthes llamó “idiorritmos”, es decir, la elección de los propios ritmos. Muy a menudo, ha sido una transformación superficial que ocultó nuevas formas de dominación y un retorno a las métricas del tiempo en otra forma. Aquí Sennett señala una característica fundamental del nuevo capitalismo flexible. El desorden y la aparente libertad en realidad hacen posible una profundización del sometimiento: “En las instituciones, dice, también para los individuos, el tiempo se liberó de la jaula de hierro del pasado, pero simultáneamente se sometió a nuevas formas jerárquicas de control y vigilancia. El tiempo flexible es el tiempo de un nuevo tipo de poder. La flexibilidad crea desorden sin liberarse de las restricciones”.


El último aspecto de las transformaciones rítmicas provocadas por el neocapitalismo se refiere a las carreras y las narrativas de vida. Para mejorar la productividad, las empresas se han comprometido, junto con la creación de organizaciones más planas y la imposición de la flexibilidad, a una reducción severa. Han despedido a algunos de sus empleados y se han deshecho de todas las actividades que no afectan directamente al corazón de sus negocios. Las actividades realizadas anteriormente dentro de la empresa se han encomendado a empresas externas o a trabajadores independientes, a través de una externalización que se acentuó con la transferencia a los países en desarrollo de la mayoría de la mano de obra e incluso de algunas industrias de servicios. Repitiendo afuera lo que estaban llevando a cabo dentro de sí mismas, las empresas se separaron y se reunieron en grupos o nubes de unidades de actividad de todos los tamaños y funciones, vinculadas por un ajustado flujo de información, servicios y productos, y que a menudo son tan numerosas que a veces es difícil determinar su verdadero centro.


Estos cambios han tenido, al menos aparentemente, un efecto beneficioso en las trayectorias profesionales, que están mucho menos predeterminadas por la formación o la posición social inicial. Sennett señala que un joven estadounidense que haya cursado al menos dos años de educación superior puede esperar cambiar de trabajo once veces en su vida y renovar su formación al menos tres veces durante sus cuarenta años de trabajo. Uno podría pensar que es una mejora sustancial en comparación con los ritmos de la vida en el capitalismo industrial. Los coloridos cursos que son y serán cada vez más la realidad de las vidas de las personas no tienen nada que ver con el marco rígido en el que los individuos estuvieron confinados desde el nacimiento hasta la tumba. De nuevo, uno tiene la impresión de una verdadera liberación de formas de vida y de un beneficio real debido a los nuevos ritmos de individuación.


Pero las consecuencias negativas de estas mutaciones no son menores que en los casos anteriores. Los más inmediatos son bien conocidos: el desempleo alcanzó rápidamente niveles nunca vistos desde la década de 1930; la cantidad de empleos temporales y de corto plazo aumentó; los contratos de empleo se volvieron cada vez más precarios. Las consecuencias a largo plazo son menos visibles, pero no menos terribles. Debido a la división extrema del trabajo, que Friedmann llamó “trabajo fragmentado” (le travail en miettes), el capitalismo industrial destruyó las “artes y oficios” dominadas en el pasado por los trabajadores, pero compensó esta pérdida con el desarrollo de un el marco legal de carrera, que permitía a los trabajadores aceptar su descualificación y las duras condiciones de trabajo, ya que gozaban de mayor seguridad y previsibilidad en sus vidas. En la actualidad el capitalismo flexible ha puesto fin a la seguridad y la previsibilidad al tiempo que destruye las “artesanías”, que hasta ahora se habían salvado porque estaban vinculadas al diseño y la gestión. Excepto en algunas áreas reducidas, como en el servicio público, que sin embargo tiende a alinearse gradualmente con el sector privado, las actividades unificadas integradas en una “artesanía” fueron reemplazadas por “proyectos” o “áreas de actividad”, a través de las cuales uno debe avanzar con creciente “movilidad” y “flexibilidad” sin temor al “riesgo”. Incluso los gerentes o ingenieros ahora deben multiplicar los tipos de actividades que pueden ejecutar y están sujetos a un competitivo gerenciamiento personal.


Una vez más, los cambios en los patrones de producción no mejoraron la calidad rítmica del proceso de individuación. La movilidad y el riesgo permanente ciertamente han sido desafiantes para las raras personas que los eligen y han tenido éxito, pero han socavado a la mayoría de aquellos a quienes se les impuso por la fuerza o aquellos que, habiendo creído en ellos, han encontrado demasiados fracasos. Para ellos, la movilidad y el riesgo han evitado y deben evitar cualquier proyección futura a largo plazo, mientras inculcan en sus vidas un temor persistente sobre el futuro. Por lo tanto, existe una gran contradicción entre la vida tal como ahora se organiza a largo plazo y la construcción de una fuerte individuación: “El patrón temporal del neocapitalismo, señala Sennett, creó un conflicto entre el carácter y la experiencia, la experiencia de un tiempo inconexo amenazando la capacidad de las personas para construir el carácter a través de narrativas continuas”.

 El individuo flexible

No debemos exagerar la importancia de la flexibilidad. Solo una parte de los trabajadores está involucrada y el resto sigue sujeto a las formas de trabajo más antiguas. Si bien la rutina está desapareciendo en los sectores dinámicos de la economía, dos tercios de los empleos modernos continúan organizados de acuerdo a los ciclos repetitivos de los viejos modos de producción. Sin embargo, obviamente, esta nueva conformación del trabajo se extenderá ampliamente en todos los países económicamente avanzados. Por lo tanto, es muy importante comprender adecuadamente la calidad de la individuación de la que es responsable.


En las organizaciones flexibles contemporáneas, las cualidades esperadas de los individuos son muy diferentes a las del pasado: deben poseer, durante la realización de una tarea a corto plazo, la capacidad instantánea de trabajar con un equipo cambiante. Necesitan saber rápidamente cómo entablar una nueva relación de trabajo, aprender inmediatamente, escuchar y ayudar a sus nuevos colegas, pero también deben poder desvincularse sin problemas, tanto de su trabajo como de las relaciones individuales, para poder participar de nuevo en otras combinaciones. Al mismo tiempo, dado que a menudo sucede que la distribución de actividades sigue sin estar clara, todos deben defender y conservar un pequeño bastión mediante una guerra permanente contra sus colegas. Por último, pero no menos importante, dado que no existen más reglas precisas para las promociones y los despidos, cada individuo debe ser capaz de mantenerse obstinadamente y aceptar una competencia con sus colegas que, a pesar de que se niega constantemente, no es por eso menos feroz.


Sennett muestra que estas condiciones ya no permiten, a diferencia de las existentes anteriormente, el encuadre de lo que él llama el “carácter”. Éste fue definido “por la lealtad y el compromiso mutuo, a través de la búsqueda de objetivos a largo plazo, o por la práctica de la gratificación retrasada en aras de un fin más lejano”. Ahora, el trabajo en equipo, el enfoque a corto plazo a costa del largo plazo, la desaparición de las carreras lineales, la alta probabilidad de ser despedido cualquier día, llevan al individuo a cultivar una cooperación superficial, junto con un desapego real y una profunda indiferencia, si no una hostilidad secreta. Atrapados en esta lógica contradictoria de apertura impuesta y denegación de competencia, los trabajadores ahora rechazan cualquier compromiso o sacrificio y en su lugar desarrollan su capacidad de deslizarse de un equipo a otro, trasladarse o incluso cambiar de trabajo, en resumen, ejercer un nuevo tipo de nomadismo compulsivo, cuyo significado político, sin ofender a algunos neo-deleuzianos, más o menos voluntariamente neoliberales, obviamente no tiene nada que ver con lo que el pensamiento nómada podría representar durante un período dominado por el capitalismo disciplinario y burocrático.


Las tareas ampliadas y el trabajo en equipo, que forman el centro de las nuevas técnicas de gestión, dan como resultado una ética individual que es muy diferente de la habitual en el capitalismo industrial del pasado, cuyo patrón Weber claramente estableció. La capacidad de diferir la gratificación, pero también el compromiso mutuo, la lealtad, la fidelidad, todos los principios que una vez formaron las principales virtudes de los individuos, ahora parecen totalmente sobrepasados. Por un lado, el tiempo en el trabajo en equipo ya no se organiza a través de la permanencia y las expectativas, sino que es flexible y está orientado hacia tareas específicas a corto plazo; por otro lado, la nueva ética favorece el mutuo interés superficial en lugar de una validación personal más profunda.


Basados en este análisis, podemos resumir lo que ha cambiado de la siguiente manera: la vida se organizó una vez como un tubo en el que cada ser humano ingresaba al nacer y en el que viajaba hasta la muerte. Los individuos fueron moldeados, producidos técnicamente, como ladrillos, y puestos en una estructura social que los aplastó y al mismo tiempo los protegió. Tenían todas las características del ladrillo: el aspecto estrecho, la forma estandarizada y un poco aburrida, pero también la fuerza, la compacidad, la resistencia a la presión y el tiempo. Todo sucede ahora, como si las nuevas técnicas rítmicas obligaran a los cuerpos a deslizarse, por el contrario, en el delgado espesor de un plano, a extenderse todo lo posible en un conjunto de islas flotantes, derivando aleatoriamente en la superficie de un océano. Los nuevos individuos tienen algo de ese viejo mapa del Imperio, descrito por Borges, y cuyos restos aún están en el desierto, como espacios abandonados a ermitaños, mendigos y animales. Tienen sus aspectos dispares, su delgadez, su fragilidad incinerada y la falta de resistencia a la presión.


A esto debe agregarse que, debido a la “corrosión del carácter” que provoca, la nueva fluidez del mundo también pone en peligro el sentido de “colectividad”. Debido a su superficialidad generalizada, los vínculos fuertes, basados en el sentimiento comunitario, el espíritu de equipo, el honor y la conciencia de clase, tienden a desaparecer a favor de lazos débiles y variables.

 Ritmos de individuación en el capitalismo reticular

Simultáneamente con los cambios en la producción industrial y el trabajo, las últimas décadas fueron testigos de una repentina mutación de la información y el funcionamiento de los medios. Debido al agotamiento de la rentabilidad de ciertas ramas del capitalismo industrial, al surgimiento y diseminación de nuevas tecnologías de la información, diseñadas para uso personal, pero también debido a la proliferación de la televisión y la radio, y finalmente a la interconexión universal de la internet, los medios se han convertido en una esfera económica autónoma, en igualdad de poderes con la esfera tradicional de producción de bienes y el intercambio de capital. Mientras se hacía más flexible, el capitalismo también se volvió reticular. Para prestar atención a esta segunda dimensión, propongo aquí hacer coincidir las nuevas formas de flujo de los cuerpos en el trabajo con una observación de las que ahora se proponen y algunas veces se imponen al lenguaje a través de las redes de información.


Con el crecimiento de la esfera de los medios, la circulación del discurso se ha globalizado y los sitios de discusión han proliferado. Esto ha llevado a una cierta diversificación de la discursividad. Estos cambios claramente crearon una nueva fuente de libertad, que permitió nuevas formas de individuación singular y colectiva. Pero dado que los medios deben, para asegurar su desarrollo y creciente hegemonía, producir y vender siempre más discurso, esta diversificación ha provocado generalmente una simple proliferación cuantitativa de formas discursivas más que una investigación cualitativa por mejores formas de vida en el lenguaje.


El discurso neutro vende más


Muchos de los cambios trajeron al lenguaje las técnicas tradicionales destinadas a asegurar y aumentar la rentabilidad económica de los discursos producidos al suprimir o al menos eufemizar los conflictos entre individuos, ya sean singulares o colectivos. Hoy en día, en la logósfera neoliberal, uno puede decirlo todo, incluso se puede instar a todos a decirlo todo, pero esto debe decirse de manera que, mediante la neutralización de cualquier tensión interna y contradicción entre las posiciones involucradas, haga que el discurso sea adecuado para ser reproducido y puesto en circulación lo más rápida y ligeramente posible en las redes del capitalismo mediático.


No solo el vocabulario se vacía sistemáticamente de su fuerza al suavizar los procedimientos, sino que la propia dinámica de la actividad del lenguaje está restringida de forma silenciosa pero muy efectiva. Aunque nunca deja de apelar a la “autoexpresión”, al “diálogo” y la “expresión singular”, cualquier tensión profunda en el lenguaje, cualquier disputa pública y cualquier individuación firme se estigmatizan como signos de oscuridad y rigidez contrarios al espíritu de transparencia y consenso que se supone que define la democracia.


Para que sea más fácilmente intercambiable en las nuevas redes de medios globales, el discurso se vacía tanto de la tensión interna, diría de cualquier cualidad literaria, como de (lo que menudo va con lo otro) cualquier fuerza externa, cualquier poder crítico, y se reemplaza con configuraciones de lenguaje asténico, que finalmente permiten la individuación solo bajo el modo de separación y yuxtaposición. El arquetipo de este tipo de discurso suave y puramente técnico es el que se escucha en la primera red global, CNN, que nunca habla de literatura y evita cuidadosamente cualquier controversia y crítica que pueda hacer que pierda audiencia.


El discurso neutro circula más


Además de estas consideraciones económicas, el cambio en las formas de fluir del lenguaje también refleja la nueva realidad tecnopolítica. La organización reticular adoptada por el neocapitalismo necesita una tensión muy baja y, por lo tanto, implica, como habría dicho Simondon, una escasa capacidad para “dar forma” a la información y, en general, al discurso. En las redes contemporáneas, todo lo que obstaculiza la transparencia, la velocidad y la cantidad de comunicación debe ser eliminado o, al menos, disminuir al mínimo. Cualquier tensión alta se convierte en una tensión menor, o incluso cancelada por su transformación en una relación de coexistencia pura; cualquier díada se transforma en un par y, de manera más amplia, cualquier organización sistémica significativa (de la que la literatura proporciona el máximo ejemplo) se divide analíticamente en información fácilmente transmitida: los llamados “datos”.


Esta es la razón por la cual la ideología reticular habla más bien de “información” o “dato” que de “in-formación” en el sentido de que involucraría la morfogénesis. Para hacerlo más compatible con los requisitos de circulación en la red, la información es analizada y simplificada; su coherencia está desmembrada; su tensión interna y potencial para la individuación se disiparon. Los procedimientos de desactivación se utilizan para garantizar el aislamiento, la homogeneidad y especialmente evitar cualquier calidad controvertida del “significado” transmitido. Entonces, una gran parte de lo que produce la “significancia” (“signifiance”, neologismo, en francés en el original, n. del t.) desaparece: en particular, sus vínculos con las energías que provienen del cuerpo o de la sociedad, su expresión de contradicción y conflicto.


Para poder circular cada vez más rápida y masivamente y de forma más transparente, la información se aleja de lo que Simondon llamó una “buena forma”: contiene menos tensión interna, menos potencial y, por lo tanto, menos capacidad de individuación. Es simultáneamente atomizada, desencarnada y despolitizada por los nuevos dispositivos técnicos y las nuevas formas de organización social.


Este programa, sin embargo, no podría tener éxito sin algunas técnicas paralelas relacionadas con la forma en que operan las redes. De hecho, la misma lógica evita constantemente la formación de campos potencialmente cargados y obstaculiza tanto como sea posible cualquier aumento de la tensión. Todo está hecho para evitar que se vuelvan “metaestables”. Cada vez que aparece una contradicción en una red, que se pueda polarizar y volver a solidificar lo que debería permanecer fluido, esta contradicción se ve inmediatamente sometida a un proceso comunicativo y participativo que apunta a descargar su potencial subversivo.


Muchos de los cambios en la organización de las sociedades y las empresas hoy se basan ostensiblemente en el “diálogo”, “debate”, “argumentación”, mientras que cualquier oposición real es estigmatizada, psicologizada, despolitizada y condenada como “psicorrigidez” (“psychorigidity”). La transparencia comunicativa, la libre circulación de argumentos, siempre que se extraigan del sistema de conflicto que les da su energía crítica, es uno de los aspectos más importantes de la mutación contemporánea.


El resultado, por supuesto, es coherente con estas nuevas formas de “discutir” y “debatir”. Los campos dominados por esta lógica reticular están fragmentados y sin tensiones internas. Al igual que la información que circula en ellos, tienen muy poca capacidad de “in-formación” y solo pueden producir un consenso dirigido por la búsqueda de la eficiencia de la acción productiva.


El discurso histérico vende y circula más


Naturalmente, la forma opuesta de hablar y discutir también es muy común. Cada vez más personas utilizan el poder comunicativo ampliado de las redes sociales o de los weblogs para saturar la esfera pública con clamores y discursos agresivos que no solo se venden muy bien, sino que también penetran y circulan de forma viral, mientras que son recibidos como delicias por los medios oficiales.


En realidad, esos tipos de discurso tienen la misma cualidad rítmica muy pobre que sus contrapartes. Por lo general, son tan simplistas como las neoliberales, cuyos ritmos asténicos simplemente se convierten en ritmos histéricos. Representan una imagen invertida exacta de la forma neoliberal de debatir, discutir y, en términos más generales, hablar, y en realidad ambos se llevan muy bien juntos.

 El individuo reticular

Las formas en que los nuevos medios en red modulan, en el discurso, la individuación singular y colectiva tienen dos dimensiones aparentemente contradictorias, pero su asociación las hace muy efectivas: por un lado, implican un aumento en el número de formas de vida en el lenguaje; por otro lado, provocan una pérdida de vigor de estas formas de vida, una disminución de su poder para actuar y existir. Ciertamente, nuestro mundo fluido permite la proliferación de prácticas; sin embargo, la mayoría de estas son menos intensas. A menudo, lejos de fortalecer la experiencia o la capacidad de acción de los individuos singulares y colectivos, los metamorfosean en meros sustratos de mayor trabajo y consumo.


Hemos visto que el boom en la esfera de los medios ha abierto nuevas áreas de expresión, comunicación y experimentación, que pueden mejorar la calidad de la individuación, pero al mismo tiempo, los discursos a menudo se vacían de cualquier tensión y cualquier fuerza de negación, para hacerlos más fácilmente intercambiables. Cualquier consideración sobre la capacidad de individuación permitida por esta o aquella práctica del lenguaje debe ceder frente a la modalidad en que esta práctica se pueda producir a bajo costo y al beneficio que se pueda obtener si se lanza en el infinito de los nuevos medios en red.


El problema es más o menos el mismo para el cuerpo. La mayoría de las instituciones que habitualmente lo sometían a la disciplina introdujeron nuevas técnicas corporales que permiten una mayor diversidad de corporeidades. La escuela ha abandonado el uniforme, la marcha y el castigo corporal; el hospital y la prisión han introducido la noción de “medio abierto”; la fábrica, al menos en los países ya industrializados, ha transformado el trabajo en línea y ha sustituido los antiguos métodos tayloristas por los toyotistas más flexibles. Por lo tanto, pareció por un momento que una mejora de la condición corporal de los individuos iba a suceder.


Pero la situación producida por la fluidificación rítmica de las últimas décadas es, de nuevo, muy ambivalente: la proliferación posmoderna de estas formas proporciona más libertad, pero también está fuertemente dominada por la necesidad, específica del capitalismo global, de diversificar tanto como sea posible los cuerpos de productores y consumidores. Es por eso que los cuerpos son sometidos a entrenamientos, dietas, marcas y prácticas transformadoras que en cierto modo los individualizan pero, en la medida en que son generalmente dictadas por la publicidad, la moda y la industria cosmética, también les otorgan una individuación puramente estética caracterizada por un bajo potencial de acción.


Uno observa, finalmente, la misma tendencia con respecto a la sociabilidad. Su fluidificación ha traído indudablemente una mayor libertad a los individuos. Estos están menos restringidos por los ritmos colectivos, ya sean los ritmos diarios o los más largos ritmos de vida. Muchos disfrutan de una mayor autonomía al elegir los propios. Pero, aparte de que en ocasiones se incrementa la vigilancia, esta libertad implica el deterioro de los contrastes que permitieron a estos ritmos, a través de una clara distinción de los tiempos, fortalecer la individuación individual y colectiva. La sucesión de períodos de trabajo y ocio, por ejemplo, está fraccionada y difuminada. La dispersión de los horarios diarios, la fragmentación de las vacaciones y las nuevas posibilidades técnicas que permiten a los trabajadores relacionarse en cualquier momento han provocado una interpenetración del tiempo familiar, privado y personal, por un lado, y del laboral y comercial, por el otro. Por lo tanto, los tiempos que previamente permitían la desvinculación, por ejemplo el tiempo para cada uno, se han transformado nuevamente en tiempos de integración, el tiempo para otros. Por el contrario, el tiempo de trabajo, que hasta ahora ofrecía a los trabajadores la oportunidad de entrar en interacciones intensas, se ha visto cada vez más como un momento en el que deben participar en equipos efímeros y en una competencia feroz. El tiempo de integración ha sido reemplazado por un tiempo de desvinculación.


La combinación de una multiplicación de formas de vida y su claro anonadamiento distingue claramente las nuevas formas típicas de poder en el capitalismo global de los poderes totalitarios del siglo XX que, en contraste, tienden a restringir lo más posible el rango de formas de individuación. Al mismo tiempo, vemos que claramente se están alejando de la democracia, ya que esta proliferación va acompañada de una generalización de procedimientos de disolución de las tensiones y poderes que podrían hacer que las nuevas formas y sus conflictos sean productivos.


Así, las democracias liberales, que antes se consideraban máquinas para producir individuos emancipados, tienden a convertirse hoy en inmensos aparatos que aseguran, a través de una fluidificación generalizada de corporalidades, discursividades y socialidades, la proliferación de individuos débiles e indecisos, atrapados constantemente por las necesidades de producción e intercambio de mercado.

 Ritmicidad

Para concluir esta presentación, me gustaría decir algunas palabras sobre un breve texto titulado “Estado y ritmo” (1920), (Sobre la naturaleza de la palabra y otros ensayos, Mandelstam, O., Árdora Exprés, 2005, Madrid) donde el poeta ruso Osip Mandelstam esbozó lo que probablemente sea una de las primeras políticas del ritmo. Este texto me permitirá abordar el tema de los criterios que podríamos usar para juzgar los ritmos contemporáneos de la individuación. Si el mundo es tan fluido y la individuación tan difícil como se mostró anteriormente, ¿cómo podríamos definir una buena forma de fluir, un buen rhuthmos?


En verdad, Mandelstam establece primero su política del ritmo de una manera algo simplista. Según él, solo una “comunidad”, es decir, una sociedad verdaderamente democrática, estaría animada por ritmos, mientras que las “masas” serían, a su vez, completamente arrítmicas. Por supuesto, debemos tener en cuenta el contexto histórico-social en el que se pronunció este juicio, ya que en realidad no existe un grupo humano que carezca de algún ritmo o de algún modo de individuación. Contrariamente a lo que uno podría inferir de una lectura rápida de Simmel, Tarde u hoy Deleuze, no ha habido una “deritmización” completa en las sociedades europeas a fines del siglo XIX, ni tampoco a fines del siglo XX, sino, cada vez, una profunda transformación de la calidad de los ritmos. Algunos ritmos tradicionales ciertamente han desaparecido, pero fueron reemplazados inmediatamente por otros tipos, cuyas características debemos describir. Todos los grupos están organizados por técnicas rítmicas y son más bien sus cualidades éticas y políticas las que varían.


Mandelstam no estaba completamente equivocado cuando notó que en 1920, cuando publicó su texto, el riesgo era “tener colectivismo sin colectividad” y que, como la Revolución había sido impulsada por su ritmo, lo que el nuevo Estado debía hacer era recuperar estos ritmos e instalarlos en el corazón de la sociedad. Para deshacerse del trasfondo dualista de su ensayo y beneficiarse de las intuiciones que contiene, podemos confiar en otro concepto introducido por Mandelstam: el concepto de “ritmicidad”. Este término se refiere, según él, a “la calidad de la energía social” alcanzada gracias al ritmo. Sugiere un grado cualitativo de la organización rítmica de la dinámica social. Para diferenciar los múltiples tipos de grupos sociales que observamos, podemos comparar sus niveles de “ritmicidad”, es decir, el índice que mide la calidad de las técnicas que organizan la producción de individuos singulares y colectivos.


Los grupos humanos con ritmicidad débil se caracterizan por la producción de modos de individuación de mala calidad o, en el peor de los casos, fenómenos reales de desindividuación. Estos grupos, de los cuales los ejemplos más estudiados de finales del siglo XIX fueron las “turbas” y luego en el siglo XX, las “masas”, a menudo están marcados por técnicas rítmicas de tipo métrico. Los ritmos corporales y del lenguaje que recorren sus reuniones (ya sean fábricas, manifestaciones, actos partidarios o partidos de fútbol) están cerca de la cadencia o la simple alternancia binaria. Esto también es cierto para instituciones como la Iglesia o el Ejército, donde los ritmos son más complejos pero a menudo binarios (como en desfiles, procesiones o rituales), así como para estados altamente centralizados, ya sean de inspiración despótica o comunista, que se caracterizan, a su vez, por técnicas mecánicas rítmicas (desfiles militares y otras representaciones masivas del estilo de las Espataqueadas). Siegfried Kracauer una vez hizo un análisis notable de ellos en un texto titulado “El ornamento de las masas” (1927).


Sin embargo los grupos humanos con baja ritmicidad no están necesariamente dominados por ritmos métricos, binarios o mecánicos. La “compañía” que ahora ha reemplazado a la “fábrica” o los medios de comunicación basados en “las nuevas tecnologías de la información y la comunicación” siguen ritmos difusos, que tienen muy pocos acentos, muy baja tensión interna. Estos ritmos son tan desfavorables para la individuación como los ritmos binarios y disciplinarios que reemplazan. En las redes, por ejemplo, la información rara vez tiene la energía capaz de modular los campos en los que entra, mientras que estos campos a menudo están afectados por una falta de energía potencial que podría ser modulada por la información. Ahora vivimos en un mundo que no solo es flexible y fluido, sino también disipativo y dispersivo, un mundo que trabaja constantemente para evitar una individuación rica y poderosa: un mundo donde los ritmos del lenguaje, el cuerpo y los grupos sociales son asténicos, donde se caracterizan por una baja ritmicidad, porque tienden a la liquidez.


Por el contrario, los grupos democráticos pueden definirse como dotados de una fuerte ritmicidad. Estos grupos se caracterizan por su multiplicidad interna. Permiten que las contradicciones y los conflictos aparezcan sin permitir que conduzcan a la supresión de uno de los antagonistas, asegurando simultáneamente la promoción de cada individuo en particular y de los grupos a los que pertenece. Dado que estas comunidades buscan asumir completamente esta paradoja y esta tensión, las técnicas rítmicas necesariamente las transponen en cuerpos y lenguaje. Siguen ritmos ajustados, de los cuales encontramos los mejores ejemplos en las obras de arte, así como en las prácticas diarias que crean un terreno común sin borrar las singularidades. Ese tipo de ritmos, con “alta ritmicidad”, debemos buscar, si queremos luchar contra el nuevo capitalismo flexible-reticular y mediático, y promover un mundo donde la individuación se realice a través de formas intensivas de vida.

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